jueves, 19 de mayo de 2016

Para Carlos Figueroa Ordaz

17/05/2016


[Antes de empezar, quiero agradecer a todos los que anoche compartieron conmigo pedacitos de sus recuerdos y me disculpo por no poder transmitir aquí todo lo que escuché. Espero no quedar debiendo y dedico estas palabras con mucho cariño a mi tío Carlos y a toda la familia.]


El año de 1973 fue una época muy difícil para los hermanos Figueroa Ordaz: perdieron a sus padres —mis abuelos— en un lapso de nueve meses y tuvieron que aprender a sobreponerse a la muerte de manera imprevista, sobre la marcha, con el transcurrir del tiempo. Y como si la vida lo hubiera tomado como un pago anticipado, después de haber experimentado esa dolorosa experiencia, se les permitió vivir con tranquilad durante muchos años.

En la familia hemos perdido eventualmente a algunos de nuestros seres queridos, pero Carlos —mi tío Carlos— es el primero de los hermanos Figueroa Ordaz en partir; el primero de los hijos de Gregorio y Fidelina, 43 años después de haberse ido ellos.

Tenía que ser, era el mayor. Y se notaba.

Carlos Figueroa Ordaz fue todo un personaje. Hombre imponente, destilaba autoridad con su solo andar, desde la mirada. Estricto, autoritario, celoso y sobreprotector, siempre estaba dispuesto a meter en cintura a sus hermanos, a sus hijos, a los hijos de sus hermanos, a sus nietos y a todo aquel a quien le hiciera falta; tenía actitud de hermano mayor y personalidad de papá en el sentido más tradicional de la palabra.

Desde joven fue ordenado, disciplinado y muy responsable. Muy humano y amoroso a su manera, pero también era vago, travieso y burlón. Odiaba que le dijeran “viejo” y negaba sus achaques; incluso menospreciaba los malestares ajenos y le gustaba compararse con cualquiera diciendo que él se sentía muy bien, que no le dolía nada. Nunca aceptó que fuera una persona mayor. “¿Bueno? ¡Buenísimo!”, decía cuando le contestaban el teléfono.

Era un hombre de placeres, pero nunca dado a los vicios; sus principios y valores estaban bien definidos y tenía ideas muy claras sobre lo bueno y lo malo, ideas que nunca dudó en transmitir a los demás. Definitivamente, vivió para mantener a su familia con bien y su mundo en orden.

Terco y orgulloso, como buen Figueroa, Carlos tenía defectos y virtudes bien identificados. Brillante, inteligente (obvio, era Figueroa); maestro de profesión y vocación, de los buenos de antes. Como buen hermano mayor y Figueroa ejemplar, nunca dejó que nadie le dijera qué hacer ni mostró disposición a aceptar sus errores. Es innegable que él siempre hizo lo que quiso y que vivió su vida de la forma que a él le pareció y nada más.

Muchos lo recordamos con una canción de Joan Manuel Serrat que dice: Cató de todos los vinos, anduvo por mil caminos y atracó de puerto en puerto.

Tío Carlos, lo vamos a extrañar siempre, pero sé que encontrará la manera de seguirnos educando.

Descanse en paz.



Su sobrina, Laura Paulina Limón Figueroa

[Sé que pude haberlo hecho mejor, pero así es como salió.]

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