17/05/2016
[Antes de
empezar, quiero agradecer a todos los que anoche compartieron conmigo pedacitos
de sus recuerdos y me disculpo por no poder transmitir aquí todo lo que
escuché. Espero no quedar debiendo y dedico estas palabras con mucho cariño a
mi tío Carlos y a toda la familia.]
El año de 1973 fue una
época muy difícil para los hermanos Figueroa Ordaz: perdieron a sus padres —mis
abuelos— en un lapso de nueve meses y tuvieron que aprender a sobreponerse a la
muerte de manera imprevista, sobre la marcha, con el transcurrir del tiempo. Y
como si la vida lo hubiera tomado como un pago anticipado, después de haber
experimentado esa dolorosa experiencia, se les permitió vivir con tranquilad
durante muchos años.
En la familia hemos
perdido eventualmente a algunos de nuestros seres queridos, pero Carlos —mi tío
Carlos— es el primero de los hermanos Figueroa Ordaz en partir; el primero de
los hijos de Gregorio y Fidelina, 43 años después de haberse ido ellos.
Tenía que ser, era el
mayor. Y se notaba.
Carlos Figueroa Ordaz
fue todo un personaje. Hombre imponente, destilaba autoridad con su solo andar,
desde la mirada. Estricto, autoritario, celoso y sobreprotector, siempre estaba
dispuesto a meter en cintura a sus hermanos, a sus hijos, a los hijos de sus
hermanos, a sus nietos y a todo aquel a quien le hiciera falta; tenía actitud
de hermano mayor y personalidad de papá en el sentido más tradicional de la
palabra.
Desde joven fue
ordenado, disciplinado y muy responsable. Muy humano y amoroso a su manera,
pero también era vago, travieso y burlón. Odiaba que le dijeran “viejo” y
negaba sus achaques; incluso menospreciaba los malestares ajenos y le gustaba
compararse con cualquiera diciendo que él se sentía muy bien, que no le dolía
nada. Nunca aceptó que fuera una persona mayor. “¿Bueno? ¡Buenísimo!”, decía
cuando le contestaban el teléfono.
Era un hombre de
placeres, pero nunca dado a los vicios; sus principios y valores estaban bien
definidos y tenía ideas muy claras sobre lo bueno y lo malo, ideas que nunca
dudó en transmitir a los demás. Definitivamente, vivió para mantener a su
familia con bien y su mundo en orden.
Terco y orgulloso, como
buen Figueroa, Carlos tenía defectos y virtudes bien identificados. Brillante,
inteligente (obvio, era Figueroa); maestro de profesión y vocación, de los
buenos de antes. Como buen hermano mayor y Figueroa ejemplar, nunca dejó que
nadie le dijera qué hacer ni mostró disposición a aceptar sus errores. Es
innegable que él siempre hizo lo que quiso y que vivió su vida de la forma que
a él le pareció y nada más.
Muchos lo recordamos
con una canción de Joan Manuel Serrat que dice: Cató de todos los vinos, anduvo por mil caminos y atracó de puerto en
puerto.
Tío Carlos, lo vamos a
extrañar siempre, pero sé que encontrará la manera de seguirnos educando.
Descanse en paz.
Su sobrina, Laura Paulina Limón Figueroa
[Sé que pude haberlo hecho mejor, pero así es como salió.]
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