Cuando muera, no quiero que metan mi cuerpo en un ataúd. Después de extinguirse mi vida, habiéndose tomado las medidas sanitarias correspondientes, y si es posible, me gustaría ser velada en casa, al tradicional estilo hogareño, con alguna flor sobre mi pecho. No me lleven arreglos; son caros y no tienen ninguna utilidad. Prefiero que mis seres queridos escriban sus mejores pensamientos para mí (si los tienen) y sus deseos para mi posteridad (no me importa si su religión no es compatible con mis ideas) en una serie de cartas o notas que después me acompañen en el sepelio.
Por favor, no me embalsamen; mi cuerpo ya es un ente inerte y someterlo a cualquier proceso post-mortem sólo corrompería su naturaleza. Prefiero que se deje fluir el proceso de descomposición; eso sí, habrá que darse prisa con el sepelio para evitar el mal olor.
Tampoco me gustaría formar parte de una misa de cuerpo presente; sería una ironía para mi memoria, aunque no tengo problemas con las oraciones que se hagan por el apacible descanso de mi alma. Siempre he valorado los gestos de buena voluntad.
Tan sólo me gustaría que mi cuerpo se reintegrara a la tierra de la forma más natural que sea posible. Ese es mi deseo.
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