jueves, 23 de junio de 2016

Testimonio de una trabajadora de la educación

Por Margarita Figueroa Ordaz
(Texto publicado originalmente a través de Facebook)



No me gusta mucho escribir mis opiniones en Facebook, pero hoy romperé mi costumbre; no lo hago porque la mayoría de la gente no tiene una idea real de lo que los maestros comprometidos con nuestro trabajo (que más que eso es un verdadero apostolado) sentimos con esta dizque Reforma Educativa.

Primero les contaré que en mis casi 42 años de servicio he vivido infinidad de reformas, casi una con cada presidente, cuando no más de una. Para cada una de ellas nos hemos tenido que preparar, cambiar paradigmas y modos de enseñanza, estemos de acuerdo o no. Sobra decir que todas ellas han sido implementadas siguiendo modelos de otros países que no tienen nuestra cultura, nuestra infraestructura ni ideología. Por supuesto, nunca hemos tenido oportunidad de ver fructificar nuestros esfuerzos, pues al llegar el nuevo presidente se nos impone la nueva reforma, con el nuevo modelo educativo.

A diferencia de las anteriores en las que, como era nuestra obligación, seguíamos la pauta del presidente en turno, la actual no la hemos querido ni podido aceptar porque ni siquiera es una reforma educativa. Si alguien que se ponga a leerla me demuestra que estoy equivocada, con gusto aceptaré mi error.

Esta es una reforma laboral disfrazada que viene a quitar todos los beneficios que con años de lucha habíamos logrado los maestros. Reforma que ni siquiera respeta los derechos que nos otorga nuestra Carta Magna. Les cuento, por ejemplo, que los maestros de nuevo ingreso que laboran en mi escuela (no lejos, muchos de mis amigos) no tienen servicio médico, no tienen derecho a vacaciones pagadas (ni un solo día), no tienen derecho a enfermarse porque de hacerlo obviamente no se presentarán a trabajar y yo tengo la obligación de ponerles falta para que se les descuente el día (por supuesto, no lo hago). A pesar de haber obtenido “su plaza” a través de exámenes de oposición, con los mejores puntajes de entre todos los aspirantes, no tienen la base y son examinados cada año.

Díganme en qué empleo les exigen estar siempre estudiando para certificarse, para demostrar que son aptos para el trabajo que desempeñan. ¿En qué trabajo tienen la obligación de presentar su planeación anticipada cada mes, de demostrar que semanalmente hacen adecuaciones a esta planeación, de tratar de enseñar a un puñado de menores, niños o adolescentes, a pesar de las carencias que (incluso en mi escuela, donde los padres participan activamente) tenemos? ¿Se han puesto a pensar cómo nos esforzamos la mayoría de los maestros para educar a nuestros alumnos, a pesar de los padres (porque muchos no los educan), a pesar de los malos programas de televisión que ven, a pesar del acceso indiscriminado que tienen a los aspectos negativos del internet? ¿A pesar de la indiferencia que muchos padres demuestran por la educación de sus hijos?

¿En qué empleo tienen que dedicar tanto "tiempo libre” para calificar exámenes, preparar clases, revisar trabajos y evaluar su labor? ¿Ya leyeron la parte de la reforma que se refiere a los mínimos de infraestructura con que debe contar cada escuela que es por donde nuestras autoridades deberían haber empezado? Y más ahora, que el SAT ha hecho gala de eficiencia para recabar impuestos y, por lo tanto, los recursos que debieran abocarse a la educación han crecido enormemente.

Les cuento que la escuela que dirijo fue fundada en el año 2000 y a la fecha no ha sido terminada de construir. No tenemos Establecimiento Escolar de Consumo (cooperativa escolar), biblioteca, bodega, sala audiovisual, sala de maestros. Ni siquiera ha sido pavimentada el área de estacionamiento que está al frente de la escuela. Tenemos doce grupos, cuatro de cada grado y trabajamos sólo con 11 aulas, gracias al trabajo que realizamos quienes aquí trabajamos. Quienes me conocen saben que nuestra escuela goza de prestigio en nuestra comunidad tanto por los resultados de nuestros alumnos (calificaciones) como por el ambiente en el que trabajamos (valores).

Les platico también que nuestro maestro de música, con apoyo de alumnos y padres de familia, construyó un aula para sus clases utilizando como techo la manta que el huracán Jova tiró de la cubierta de nuestra plaza cívica, y el huracán del año pasado la rompió de nuevo. Bueno, pues la SEP e Incoifed (los que construyen escuelas) tuvieron presupuesto para tirar las bases que el maestro Basilio con sus propias manos había construido, pero hasta la fecha no ha habido presupuesto para reconstruirlas (aunque está autorizado).

Podría pasarme días enteros contándoles acerca de lo mucho que esta reforma me indigna, pero creo que si ustedes quieren realmente enterarse, pueden buscar los medios para hacerlo de la manera adecuada. Me apena que, a pesar de conocer las deficiencias de nuestros medios de comunicación (algunos amordazados, otros vendidos), todavía sigamos creyendo en los noticieros de mayor circulación. ¿Ya se nos olvidó que en el ‘68 el mundo entero sabía lo que sucedía en el DF, menos los mexicanos? Por favor, abramos los ojos y dejemos de educarnos con la tele, los memes y tantas mentiras. Sé que los maestros no somos los únicos jodidos con este gobierno, que las reformas no sólo a nosotros nos afectan; sé que hay mucha gente que ni siquiera puede pertenecer a un sindicato, a una organización que lo defienda. ¿Esto es razón para que no luchemos? ¿Hemos de estar todos jodidos para estar contentos todos iguales?

¡Despertemos! ¡Abramos los ojos! ¡¡Ya basta de tanto conformismo!! ¡Basta de estorbarnos en lugar de apoyarnos unos a otros! ¡Analicemos! ¿Qué estamos haciendo por nuestro México? ¿Qué vamos a heredar a nuestras futuras generaciones?

Tal vez esto no los haga cambiar de idea, ni reflexionar sobre nuestra lucha, pero por lo menos yo me siento tranquila y satisfecha de haberme expresado y contarles un poco de nuestra verdad. Dejo en sus manos y en sus corazones la decisión de informarse o no, de apoyarnos o no, de preocuparse por nuestro México y la educación de nuestros niños y adolescentes o no.


Margarita Figueroa Ordaz tiene más de 40 años trabajando al servicio de la SEP
y, desde hace más de 10 años, es directora de una secundaria federal en Manzanillo.
Ah, y, además de brillante persona, es mi mamá.


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