[Una reflexión completamente subjetiva]
Para mí, el principal problema es la deslealtad en las administraciones de cualquier tipo (de una tienda o de un gobierno, sea local o estatal). Podemos verlo, por ejemplo, con la forma en que operan los diputados (ya conocida por todos), quienes tienen la capacidad (y lo hacen) de adjudicarse aumentos salariales y toda clase de prestaciones extraordinarias antes de dedicarse a favorecer aumentos similares para la clase trabajadora. Pero en general es así: cuando uno tiene la libertad de fijar sus ganancias, en lo oscurito mueve las variables para favorecer al máximo sus ingresos.
Un ejemplo: yo trabajo a veces con un impresor que, antes, cada vez que le pedía un presupuesto, me preguntaba si quería que él me diera un costo más elevado para sacar de ahí un porcentaje de ganancia para mí, a manera de “comisión” (o sea, que si él cobraba 10, podía decir que eran 15 para que yo me quedara con 5, así nada más porque sí). Eso se considera una práctica “de cuates” y él dejó de ofrecérmelo porque siempre le decía que no, que me diera el presupuesto real. ¿No parece eso corrupción? Para mí sí. Y quizá no me habría hecho rica con eso, pero de haber aceptado aunque fuera una vez, habría negado para mí el más importante de mis principios, que es la congruencia.
¿Cuántos de nosotros, simples mortales ajenos a las grandes jerarquías políticas y empresariales, no hemos visto prácticas similares? El ejemplo más poderoso que tengo de rectitud en ese sentido es el de mi papá, a quien recuerdo haber escuchado hace muchos años decir, con mucha indignación, que alguien le había ofrecido trabajar en un proyecto para la construcción de una obra (o algo así) y, dentro del presupuesto, prácticamente por requisito le pedía “inflar” los costos a fin de dejarse un margen para él y para el responsable del proyecto; esto aparte de su ganancia “legítima”. Esta práctica es exactamente igual a la que me ofrecía el impresor (a quien considero una buena persona; medio distraído, pero trabajador), pero a mayor nivel, porque maneja presupuestos mucho mayores y se relaciona con proyectos y dinero públicos.
Cuando tú eres el dueño de un negocio y decides darle trato preferencial a alguien (por amistad, por simpatía o por cualquier otra razón), estás decidiendo qué hacer con tus propios bienes y tienes la libertad de ejercer la práctica que desees; uno puede juzgar tus actos y decir que haces mal o que actúas en detrimento de tu propio negocio (por ejemplo, si tienes un restaurante y un día se te antoja invitar a tu familia) y ya, pero al final es tu negocio; sería lo mismo que decidir usar tu dinero para hacerle un regalo a un amigo. Sin embargo, si por tus prácticas caprichosas comienzas a afectar a quienes trabajan para ti, entonces comienzas a caer en prácticas desleales que, para mí, ya pueden calificarse de corruptas (por ejemplo, si pagas salarios bajos, pero con el dinero de tu empresa financias directamente gastos personales para ti o para personas cercanas a ti, sobre todo si esos gastos son elevados, como pagos por autos de lujo o viajes de placer); la situación se vuelve más clara cuando tomas esa clase de decisiones con bienes que no te pertenecen.
El camino a la corrupción es difuso, por eso muchas veces es difícil reconocerla en nosotros mismos o en personas cercanas, pero es muy fácil verla en otras personas, como los políticos, porque actúan en proporciones altísimas en comparación con nosotros y, generalmente, el efecto de sus actos tiene un impacto negativo para los demás. Pero hacen exactamente lo mismo que nosotros; no hacen lo que haríamos en su lugar, hacen lo mismo que nosotros y punto, sólo que en distinto nivel.
El problema no es “el sistema”, sino las personas que lo operan de manera mañosa para beneficiarse. Deberíamos empezar por aceptar que nosotros somos de la misma clase de personas que aquellos que con sus decisiones caprichosas nos afectan de alguna u otra forma (aunque alguno que otro llore y diga que él no es así).
El problema no es contra el gobierno, sino contra nosotros mismos. Para mí es obvio: cuando tenemos un problema tan marcado contra alguien, generalmente es reflejo de un problema que tenemos con nosotros mismos (eso me lo podrá decir cualquier psicólogo o entendido de las emociones humanas) y la masa social suele tener un comportamiento muy similar al del individuo (un individuo promedio; por eso a veces nos sentimos ajenos al pópulo, pero siempre formamos parte de él, de una u otra manera).
No podemos “culpar” a las políticas públicas por la simple razón de que no las comprendemos. Nuestra postura siempre parte de la opinión más o menos informada (generalmente menos) de alguien más que lo único que tiene es que grita más fuerte, pero nunca la pasamos por un proceso de análisis mínimo. Sólo reaccionamos a estímulos simples. En el caso del gasolinazo es igual: subió la gasolina. ¿Por qué? Porque así lo decidió el gobierno. ¿Por qué lo decidió así? Porque me quieren fregar para beneficiarse ellos, así que vamos a protestar.
Sí, la situación en nuestro país es mala en muchos sentidos, pero no es la solución tomar decisiones basados en juicios tan simples. Es importante conocer más (en el sentido técnico o académico) sobre la situación para poder tener una postura más o menos informada y tomar decisiones más sensatas y, sobre todo, útiles.
A final de cuentas, la solución para mí será siempre actuar con base en nuestros valores personales y mantenerlos firmes a pesar de todo. Es muy fácil caer con el pretexto fácil de: “Ellos lo hacen, ¿por qué yo no?”
Para terminar, una duda: ¿por qué no se vieron protestas contra la “reforma educativa” igual de enardecidas que contra “el gasolinazo”? En la red sobraban argumentos hasta explicados con manzanitas que nos ayudaban a entender por qué no es conveniente ni para los alumnos ni para los maestros, y la postura de los expertos en educación era marcadamente en contra; sin embargo, tristemente casi nadie se atrevió a decir nada, como que estaba mal posicionarse “en contra de la evaluación a los maestros” y, como quiera, siempre pudo más la mala imagen que se tiene sobre los maestros protestantes de Chiapas, Oaxaca y Guerrero (bola de huevones que hacen de todo antes que ponerse a trabajar; eso sí, los estudiantes normalistas de Ayotzinapa son héroes nacionales, pero eso solamente porque eran estudiantes y al parecer el gobierno los mandó desaparecer).
En el caso del aumento a la gasolina, la postura “de los expertos” es igual de marcada a favor. Y no digo que se trata de estar en favor de lo que hace el gobierno (que a veces es tonto tener miedo de darle la razón porque se trata de nuestro villano favorito, aquel al que podemos culpar de cualquier cosa); para mí, el chiste es reflexionar sobre la situación en general y tratar de analizar qué dicen y en qué se basan los que saben (que saben porque dominan determinado tema, no nada más porque yo digo que saben) para tratar de entender qué es lo que pasa.
Nuestro proceder debe dejar de basarse en cosas tan simples como reaccionar enardecidos cuando alguien nos e incita a protestar sin ir más allá.
Un ejercicio sencillo: tratemos de entender qué factores inciden sobre el precio de la gasolina y desglosémoslos para saber a qué se debe el actual aumento. Se vale hacer referencia al gobierno, pero no en general; es decir, hablemos de Hacienda o de Pemex, o de la Reforma Energética, no directamente sobre Peña Nieto. Si al final llegamos a la conclusión de que el gobierno es un ente maldito que nos quiere dañar a todos, ya será de cada quien, pero no puede ser la premisa de la que partamos si al final vamos a aludirlo como conclusión.
Palabras al cierre: conclusión subjetiva para una reflexión subjetiva
Cada vez que decimos que los mexicanos somos grandes personas y que no tenemos el gobierno que merecemos, nos alejamos más, no sólo de la solución a nuestros grandes problemas como sociedad, sino de la realidad. Hacernos las víctimas para justificar lo que hacemos y juzgar a los demás es parte de esos grandes problemas.

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