En México, la comunidad estudiantil de
nivel superior se ha ganado el respeto (y creo que valdría decir que un poquito
de miedo también) del gobierno porque, cada vez que se toman decisiones que
afectan a su institución educativa correspondiente (IPN, por ejemplo), ellos
brincan, se organizan, se manifiestan, toman acciones inmediatas (como cerrar
centros de estudios) y exigen explicaciones y diálogo con las autoridades.
Y el gobierno cede. Y se reúnen y toman
acuerdos. Esto es independiente de que los estudiantes puedan tener razón o no
tenerla en cuanto a sus exigencias. El chiste es que el gobierno cede ante
ellos, se reúnen y toman acuerdos.
Quiero hacer énfasis en que el gobierno
cede a las exigencias de los estudiantes. Claro, tiene el compromiso de
tratarlos con cuidado porque corren el riesgo de ser señalados como opresores
por la opinión pública.
¿Y los maestros? Ah, ahí la historia es
diferente y el gobierno la tiene más fácil: como nadie quiere a los maestros
porque todos son unos huevones ignorantes que ni escribir bien saben, sólo basta
hacer algunos reportajes y entrevistas tendenciosos cada semana y no hay mayor
problema. Los maestros son malos; el gobierno combate a los maestros; por lo
tanto, el gobierno tiene razón. Ni siquiera hace falta pensarle mucho, ¿verdad?
Por eso nadie (casi, casi nadie) se toma
la molestia de revisar de qué se trata la reforma educativa; ni siquiera
piensan en por qué se dice que no debería llamarse así, por qué se le considera
en realidad una “contrarreforma laboral”.
¿A nadie le hace ruido el hecho de que
el secretario de Educación se niegue a “dialogar” con los maestros protestantes
si no se someten primero a la reforma? Si lo pienso un poquito, me parece
inverosímil que una autoridad le exija a un trabajador (a uno, a diez, a mil, a
un millón) que primero acepte una imposición con la que no está de acuerdo (por
las razones que quieran, eso ahorita no importa) para luego “dialogar” acerca
de esa imposición. Y con mucho orgullo ha dicho y repetido sin cansancio que no
hay marcha atrás a la reforma; no sé ustedes, pero yo veo inundadas de
autoritarismo esas palabras. Ya quisiera que se pusiera a hablarles así a los
estudiantes del IPN.
Me imagino que muchos de ustedes tienen
trabajo o han tenido que buscar trabajo. Me imagino que al estar buscando
ofertas, ven lo que ofrecen las empresas o lugares donde se ofrecen plazas. No sé
ustedes, pero yo en lo primero que me fijo es en el sueldo y en las
prestaciones, y es francamente poco frecuente que entre estos ofrecimientos se
incluyan “prestaciones de ley”. ¿Se han puesto a pensar qué implica esto? Para
mí, dos cosas:
1) A todo trabajador, por ley (debe
mínimamente venir contemplado en la Constitución o en la Ley Federal del
Trabajo; no lo sé de cierto porque nunca he revisado estos documentos a
conciencia), le corresponde una serie de prestaciones: seguro médico,
vacaciones y aguinaldo, hasta donde tengo entendido. La verdad no sé si la
seguridad en el empleo forme parte del paquete (la base, que le llaman).
2) No cualquier empresa ofrece
prestaciones de ley.
¿Pero por qué no cualquier empresa
ofrece “prestaciones de ley”, si son de “de ley”? Me imagino que a la autoridad
correspondiente no le ha preocupado lo suficiente esta situación como para
hacer algo en beneficio del trabajador. Me imagino que como la clase
trabajadora no se ha organizado en general (se organizan y manifiestan por
gremios y casi siempre los medios de comunicación dispersan la atención a esos
movimientos), pues no han llamado la atención de manera suficiente. Ni siquiera
creo que se tenga conciencia del poder que se puede alcanzar con una
organización apropiada.
Bueno, los maestros, dentro de todo,
habían logrado mantener esas prestaciones. Me refiero a los maestros
sindicalizados; la situación del maestro de educación básica del sector privado
creo que es la misma que la de cualquier otro trabajador (es decir, que sus
condiciones de trabajo dependerán de qué tan buena onda sea la escuela donde
labora).
Con esta reforma (que no es educativa,
sino laboral), entre otras cosas que valdría la pena analizar con detenimiento,
los maestros están en riesgo de perder esos derechos (no privilegios, ¿o tú
dirías que contar con servicio de salud es un privilegio?).
Entonces, tenemos de dos sopas:
1) Dejar que los maestros mueran solos y
pasen a vivir la realidad de cualquier trabajador, cuya situación laboral está
sujeta a la buena onda de sus patrones, porque el estado no vigila que se
presten las condiciones mínimas dignas (prestaciones de ley). Aunque con la
salvedad de que el patrón de los maestros es, pues, el estado, dentro de la
figura de la SEP.
2) Tomar conciencia de que en realidad
esta situación nos afecta a todos y que somos todos quienes deberíamos estarnos
organizando y manifestando para exigir garantías a nuestros derechos laborales,
incluyendo a los maestros, a los médicos, a los periodistas, a los diseñadores
gráficos, a los obreros, a los godínez y etcétera.
Si no te gusta cómo lucha el maestro
rural, haz tu propia lucha y pon el ejemplo.
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