lunes, 27 de junio de 2016

Reflexión sobre la realidad social y laboral en México







En México, la comunidad estudiantil de nivel superior se ha ganado el respeto (y creo que valdría decir que un poquito de miedo también) del gobierno porque, cada vez que se toman decisiones que afectan a su institución educativa correspondiente (IPN, por ejemplo), ellos brincan, se organizan, se manifiestan, toman acciones inmediatas (como cerrar centros de estudios) y exigen explicaciones y diálogo con las autoridades.

Y el gobierno cede. Y se reúnen y toman acuerdos. Esto es independiente de que los estudiantes puedan tener razón o no tenerla en cuanto a sus exigencias. El chiste es que el gobierno cede ante ellos, se reúnen y toman acuerdos.

Quiero hacer énfasis en que el gobierno cede a las exigencias de los estudiantes. Claro, tiene el compromiso de tratarlos con cuidado porque corren el riesgo de ser señalados como opresores por la opinión pública.

¿Y los maestros? Ah, ahí la historia es diferente y el gobierno la tiene más fácil: como nadie quiere a los maestros porque todos son unos huevones ignorantes que ni escribir bien saben, sólo basta hacer algunos reportajes y entrevistas tendenciosos cada semana y no hay mayor problema. Los maestros son malos; el gobierno combate a los maestros; por lo tanto, el gobierno tiene razón. Ni siquiera hace falta pensarle mucho, ¿verdad?

Por eso nadie (casi, casi nadie) se toma la molestia de revisar de qué se trata la reforma educativa; ni siquiera piensan en por qué se dice que no debería llamarse así, por qué se le considera en realidad una “contrarreforma laboral”.

¿A nadie le hace ruido el hecho de que el secretario de Educación se niegue a “dialogar” con los maestros protestantes si no se someten primero a la reforma? Si lo pienso un poquito, me parece inverosímil que una autoridad le exija a un trabajador (a uno, a diez, a mil, a un millón) que primero acepte una imposición con la que no está de acuerdo (por las razones que quieran, eso ahorita no importa) para luego “dialogar” acerca de esa imposición. Y con mucho orgullo ha dicho y repetido sin cansancio que no hay marcha atrás a la reforma; no sé ustedes, pero yo veo inundadas de autoritarismo esas palabras. Ya quisiera que se pusiera a hablarles así a los estudiantes del IPN.

Me imagino que muchos de ustedes tienen trabajo o han tenido que buscar trabajo. Me imagino que al estar buscando ofertas, ven lo que ofrecen las empresas o lugares donde se ofrecen plazas. No sé ustedes, pero yo en lo primero que me fijo es en el sueldo y en las prestaciones, y es francamente poco frecuente que entre estos ofrecimientos se incluyan “prestaciones de ley”. ¿Se han puesto a pensar qué implica esto? Para mí, dos cosas:

1) A todo trabajador, por ley (debe mínimamente venir contemplado en la Constitución o en la Ley Federal del Trabajo; no lo sé de cierto porque nunca he revisado estos documentos a conciencia), le corresponde una serie de prestaciones: seguro médico, vacaciones y aguinaldo, hasta donde tengo entendido. La verdad no sé si la seguridad en el empleo forme parte del paquete (la base, que le llaman).
2) No cualquier empresa ofrece prestaciones de ley.

¿Pero por qué no cualquier empresa ofrece “prestaciones de ley”, si son de “de ley”? Me imagino que a la autoridad correspondiente no le ha preocupado lo suficiente esta situación como para hacer algo en beneficio del trabajador. Me imagino que como la clase trabajadora no se ha organizado en general (se organizan y manifiestan por gremios y casi siempre los medios de comunicación dispersan la atención a esos movimientos), pues no han llamado la atención de manera suficiente. Ni siquiera creo que se tenga conciencia del poder que se puede alcanzar con una organización apropiada.

Bueno, los maestros, dentro de todo, habían logrado mantener esas prestaciones. Me refiero a los maestros sindicalizados; la situación del maestro de educación básica del sector privado creo que es la misma que la de cualquier otro trabajador (es decir, que sus condiciones de trabajo dependerán de qué tan buena onda sea la escuela donde labora).

Con esta reforma (que no es educativa, sino laboral), entre otras cosas que valdría la pena analizar con detenimiento, los maestros están en riesgo de perder esos derechos (no privilegios, ¿o tú dirías que contar con servicio de salud es un privilegio?).

Entonces, tenemos de dos sopas:

1) Dejar que los maestros mueran solos y pasen a vivir la realidad de cualquier trabajador, cuya situación laboral está sujeta a la buena onda de sus patrones, porque el estado no vigila que se presten las condiciones mínimas dignas (prestaciones de ley). Aunque con la salvedad de que el patrón de los maestros es, pues, el estado, dentro de la figura de la SEP.
2) Tomar conciencia de que en realidad esta situación nos afecta a todos y que somos todos quienes deberíamos estarnos organizando y manifestando para exigir garantías a nuestros derechos laborales, incluyendo a los maestros, a los médicos, a los periodistas, a los diseñadores gráficos, a los obreros, a los godínez y etcétera.

Si no te gusta cómo lucha el maestro rural, haz tu propia lucha y pon el ejemplo.

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